Encuentro en Berlín
Pepe Ribas, fundador de la mítica revista cultural y contracultural “Ajoblanco”, nos invita a un “Encuentro en Berlín” que sitúa la capital alemana como epicentro de la Europa del siglo XXI. Mandamos a nuestro reportero móvil al encuentro de este singular editor y escritor.
texto ANTONIO BAÑOS fotos MARTA CALVO
Pues me dijeron que no tenía cura y que prácticamente me desahuciaban”. “¿Cómo?”. Así me recibe Pepe Ribas en su céntrico piso del Eixample barcelonés. Fue un diagnóstico médico que lo colocaba a las puertas de la muerte. Tras unos persistentes y variados análisis, se descubrió que se trataba en realidad de una rara enfermedad contraída a través de un animal, molesta pero no mortal. Pepe Ribas sonríe y explica: “Lo más sorprendente es que me lo tomé muy bien. Pensé que había tenido una vida feliz y plena y que no pasaba nada por dejarla. Fue muy extraño y agradable, cómo me sentí de tranquilo”.
Eso sí que es cierto. Ha vivido. Puede decir que, si una palabra conoce de este mundo, esa es ajetreo. Le tocaron tiempos convulsos, ha viajado por un mundo mutante y se ha embarcado en proyectos literarios, editoriales y culturales de todo pelaje. Entre ellos, y sobre todo, Ajoblanco. Revista libertaria y alternativa, representó, representa aún hoy, los valores de una Transición que pudo ser posible y que fue traicionada por los poderes que nunca se fueron y por uno nuevos mandarines que no se atrevieron a echarlos.
Ajoblanco nació en 1974 y, entre diversas encarnaciones, llegó hasta 1999. Casi todo el mundo que escribe en este país, y en otros, ha pasado por allí. Y no es una metáfora. Casi todos. Para un servidor, no puedo obviarlo, fue mi auténtica escuela periodística, en la que a lo tonto pasé casi cinco años. Mientras me comenta cómo el rosario de médicos le iba regalando diagnósticos divergentes ante la serenidad budista del enfermo, pasamos al salón. Pepe Ribas pertenece a una familia burguesa catalana de hondísimas raíces. Y, como podrán adivinar, él es el desclasado. El garbanzo anarco de la familia. Pero, a pesar de eso, su casa conserva cierta elegancia burguesa. Un escritorio aquí, un busto modernista allá… Guy Debord y Marcos Ordóñez comparten el protagonismo como lecturas de mesa. Pocas fotos de familia, pocos cuadros. Bueno, una fotografía artística de Berlín, su ciudad fetiche. Protagonista, claro está, de su nueva novela, Encuentro en Berlín, que es el motivo que nos ha llevado hasta ahí.
Lo que no sale en las guías
Pepe Ribas, además de editor fetiche de una época, ha sido viajero. Pero no viajero intimista como Chatwin, ni viajero cabrón como Hemingway. Pepe Ribas tiene su propio método para conocer mundo. De alguna manera misteriosa, que no he llegado a descubrir en esta década larga que hace que lo conozco, Pepe hace amigos. No me pregunten cómo, pero Pepe Ribas siempre conoce los países donde se radica a través de los más pintorescos personajes que uno pueda imaginar. En el caso de Berlín fue a través de Gorka de Dúo, fotógrafo con el que coincidí en Ajoblanco y con el que viajamos a Canarias para realizar una entrevista con Leopoldo María Panero que se encuentra entre lo más sorprendente de mi carrera reporteril y sobre la que, si quieren, les cuento otro día porque no tiene desperdicio.
Total, que Pepe se instala en Berlín, entre Kreutzberg y Neukölln, cerca de la mítica Oranienburger Strasse. Donde el Berlín de los 1970 y 1980, hecho de contracultura y squats, todavía sigue vivo. Conoce a la gente del Eschloraque, un club de artistas emergentes y de noches submergentes en un patio de la Rosenthaler Strasse. Un club donde la internacional de artistas se congrega y compadrea. El Berlín de Pepe, como siempre le pasa, es el que no sale en las guías: “Viví con un pintor y una estudiante de violín y una comunidad de artistas de lo más variado e interesante”, aunque “una vez al año tenía que ir a Charlottensburg a visitar a mis amigos diplomáticos”. Toma el pulso: “Berlín está vivo, pero es muy complicado de conocer”, dice Pepe. “A través de Dionis [el pintor que le hizo de Virgilio en la ciudad prusiana] pude entrar en el mundo berlinés alternativo. Es una ciudad muy viva. Piensa que el alquiler cuesta 300 euros y en un súper puedes pagar 20 euros y vivir tres días. Se puede hacer vida como en la Barcelona de los 1970”. Me enseña las fotos de sus amigos y, perdonarán el chiste malo, pero no puedo dejar de pensar en la figura de Pepe Pan, ese personaje entre Peter Pan y Peter Punk que encarna Ribas. Un tipo que siempre, desde los 1970, ha saltado de una generación a otra en busca de vida y talento. Volando lejos de poltronas y cargos, y apareciéndose a la juventud en tugurios y ateliers. En Berlín, Pepe Ribas se reencuentra con una pasión infantil que ha tardado cuarenta años en desatar: la Europa central y eslava. “Ya me interesaba antes de Ajoblanco, cuando quería ser novelista”, pero los bullentes 1970 le despistaron de su destino: ser un autor del estilo Acantilado, ser un hombre Vallcorba. “La problemática política española me llevó a los países del sur y luego a Latinoamérica”. Pero los sueños de infancia son tozudos como los niños mismos. “Desde que tenía 6 años me han interesado los cosacos, sus danzas y su música”. No es extraño imaginar que, a un chaval sumergido en la encopetada y gris burguesía del franquismo, lo único razonable que se le podía ocurrir fuera travestirse con la cherkeska, calzarse una kubanka en la cabeza y ponerse a cantar con la balalaica en el regazo. Y entonces, como suele pasar, Pepe sorprende: “Un hermano del padre de mi tatarabuelo fundó Odessa. De hecho, la calle principal de Odessa se llama José Ribas”. “¿Y qué hacía allí?”.“Pues era un señor de Reus que se marchó a Nápoles y no sabemos nada más”, dice pícaro. De hecho, José Ribas llegó a ser almirante de la emperatriz Catalina II y les recomiendo que lean su biografía apasionante en la Wikipedia mismo.
“Europa son los ríos”
Encuentro en Berlín relata las relaciones entre Maksim Kazantev, un misterioso hombre de negocios ucraniano, y Ernesto Usabiaga, un periodista chileno que anda buscando sus raíces. La lealtad, la posibilidad de redención y cambio son algunos de los temas que trata. Pero la novela, más allá de las relaciones personales, del fresco general de la catástrofe europea y de una muy entretenida trama de espionaje, propone, de fondo, una tesis geopolítica. En la primera página aparecen dos mapas: uno, de los gaseoductos que unen Asia Central con Europa, y el otro, de los límites del imperio austrohúngaro. Y es que, para Pepe Ribas, la unidad política por encima de las naciones es la única posibilidad de Europa. “El territorio lineal del Estado- nación contra la idea de imperio central.” Una Europa no dividida por fronteras, sino unida por ríos: “Allí descubres algo que en España se nos pasa por alto: la importancia de los ríos navegables, que es muy superior a la de los mares”. Y remacha: “Europa son los ríos”. Y, ahora, también gaseoductos: “Son como las venas de Europa”, define.
Este Ribas “austrohúngaro”, al contrario que Magris, no ha visto en el Dnieper o el Danubio una elegante decadencia, sino la tierra de futuro del continente. Y ahí le surgió la cuestión: “Si mi patria literaria es el idioma o las ideas. Y son las ideas. Me gusta mucho América Latina, pero soy europeo. He hecho una novela sobre la identidad y la mía es la europea, aunque mi idea de Europa llega hasta el Pacífico, a Siberia”.
Para escribir Encuentro en Berlín, Pepe Ribas viajó. Galitzia, Transcarpatia, Rutenia… sugerentes nombres de regiones olvidadas. Pero no se piensen que Ribas llegó en business y se exfolió en un spa. Recorrió los escenarios de su novela en una furgoneta de lo más hippie que uno pueda imaginar y con una “comuna” de amigos. “Con un chófer que es un contratista de Granada, con un amigo madrileño que habla ruso, con mi amigo pintor de Berlín que tiene la camioneta y un guía ucraniano, porque allí nadie habla nada”.
Esta troupe cosaca llega a la más occidental de las tres Ucranias, “porque Ucrania son tres: una ucraniana, una rusa y, en medio, lo que yo llamo salpicón de marisco”. Y allí, se sumerge: “Contacté con unos diplomáticos en Kiev y me contaron cómo viven estas nuevas élites de la oligarquía. Y fui a donde iban ellos. También me pasé muchas horas ante el edificio de los servicios secretos… Callado”. Los ucranianos debían flipar con el español silente: “Creo que me llegaron a vigilar porque estuve allí muchas horas”.
La investigación le llevó a lugares curiosos: “Iba mucho a la Duma que está al lado del estadio del Dinamo de Kiev. Incluso fui a ver un partido”. Me sorprendo de ver a Ribas en tribuna. “¡Pero si a mi me encanta el futbol! He vuelto al Barça”, confiesa rendido a los encantos mediterráneos del club. La cosa no paró ahí: “Estuve algunas tardes en la universidad de Kiev viendo cómo llegaba todo lo que venía del KGB ruso. Chicas con ordenadores digitalizándolo desde unos sótanos donde entraban carros y carros de documentos”. Memoria histórica a carretadas que, según Pepe, “ahora está controlada por la comunidad armenia y judía de Kiev”. Las habilidades como agente secreto de Pepe Ribas han sido muy mal aprovechadas: “Iba con dos traductores, porque uno de los dos siempre miente”.
La generación de la traición
Desde que cierra Ajoblanco, a principios de siglo, la figura pública de Pepe Ribas ha estado relativamente sumergida. “No es que no quiera participar de la vida intelectual española… Es que no me han dejado. Ni me dejan, ni me dejan… Bueno, ya veremos”. Las pausas y las miradas pícaras de Pepe son intraducibles, pero dicen mucho de esa sensación de permanente conspiración, de búsqueda de aventura, de lío, que da conversar con él. Han sido trece años de “exilio” de los medios. “Pero yo ahora no estoy en esto, yo ahora quiero ser novelista, porque creo que a nivel social ya he hecho todo lo que tenía que hacer”. Y remacha: “Prefiero la sabiduría a la ideología. Me encanta la sabiduría y la novela”.
Hoy, mucha gente tiene una sensación evidente de fin de régimen, pero, si uno lee los Ajoblancos de 1977, las quejas a la naciente Transición ya estaban y eran terriblemente certeras: “Todo esto nosotros lo vimos de entrada. La gran traición se planteo a finales del 77, cuando los banqueros compraron a los sindicatos. Fue cuando CCOO, UGT y USO fueron contra una huelga montada con la CNT. Luego cooptaron a los líderes de los movimientos sociales, para meterlos en las áreas de juventud…”. Y tiene a los culpables: “Felipe es el único responsable… Con el rey”.
La clase intelectual tampoco se salva: “Fue cuando se produjo el manifiesto contra la entrada en la OTAN. Allí es cuando se rompe el papel del intelectual en España”. Según Ribas, los no afectos a la decisión de Felipe pasaron a infinidad de listas negras, básicamente las de El País, guardián de las esencias transitorias. “La generación de la traición ha sido muy hábil para evitar que haya relevo. Cuando tú has estado 35 años tachando con una cruz a todo el que es crítico contigo, separándolo y prácticamente exterminándolos de la vida pública, llega un momento en que solo te quedas con los malos. Con los que te dicen ‘beeeeeeee’ [onomatopeya clavadita del borrego]”.
La crisis intelectual y social del país tiene culpables para un Pepe que se cansó de denunciar la trampa del régimen borbónico: “Tú eres culpable de la crisis. Ni PSOE ni PP. Lo eres tú, tú y tú. Por no haber protestado, por haber callado, por haberte hipotecado, por haber vivido como has vivido y por ser un inconsciente”. Clarito. ¿Hay solución? “Yo me entusiasmé con los indignados, pero es todo tan lento… que no tengo tiempo. Lo que pasa es que yo no me creo este país y por eso no sacaré un tercer Ajoblanco”. Aunque del desastre salva a esta Barcelona resacosa de hotel, gastrotontería y cosmopaletismo:
Precisamente, su relato completísimo e incisivo de la España de la Transición, Los 70 a destajo (Destino), había sido su última y sonada intervención en la vida cultural española. “ Ahora estoy preparando los ochenta al carajo”, imprescindible continuación novelada de aquellos años. “Los 80 fueron la época de la gran jauja, de la gran traición”. ■